Sin vuelta atrás

disco
Per Bisila Escolar, 2n ESO
Concurs literari: Premi prosa castellà, categoria D


Era de noche. Aina miró el cielo sin estrellas y se preguntó si realmente quería estar allí. Después de estar dos horas intentando bailar, salió a respirar aire fresco. El contraste entre el calor de dentro y el de fuera le provocó una sensación de frío que no le gustó. Pero sólo fue pasajero, fugaz. Como ella se sentía. No entendía cómo Marta podía aguantar tanto. A Aina todo aquello le parecía abrumador. Intentó visualizarla dentro del local sin ningún éxito, hasta que al fin la vio, entre la multitud, dirigiéndose hacia el baño. Con un chico. Sus miradas se cruzaron durante un instante, y Marta le guiñó un ojo. Aina puso los ojos en blanco y ladeó la cabeza; su amiga era así, siempre tan lanzada. Cabello rubio, cayéndole sobre la espalda como una cascada; facciones delicadas, tez blanca, unos pómulos perfectos, piernas largas y unos preciosos ojos azules. Irradiaba luz allá donde fuera. En cambio, Aina era la chica que siempre iba detrás, a la que tenías que mirar dos veces para darte cuanta de que estaba allí. La que pasaba desapercibida. Nunca entendió cómo podían ser tan amigas. Inspiró una bocanada de aire y se sentó en el suelo.

Fue Marta la que le propuso ir de fiesta, para celebrar que se estaban acabando las clases. Al principio se negó, pero, después de las muchas insistencias de ésta, acabó aceptando, aun sabiendo que todavía quedaban dos semanas de exámenes y aun sabiendo que su madre no la dejaría salir de noche. Pero por esta vez pensó que le iría bien. No le gustaba mentir, pero tuvo que hacerlo. Necesitaba desconectar un poco de la rutina, escaparse de la presión a la que había estado sometida durante todos estos días. Su vida parecía un calvario. Volvió a inspirar. Una, dos, tres veces. Cuando hubo cogido suficiente aire, decidió entrar otra vez.

El calor de dentro le dio en la cara como si fuese agua hirviendo. Se coló entre el gentío e intentó bailar de nuevo al ritmo de las canciones que sonaban. Reggaeton, trap, electrónica. La música estaba a un volumen demasiado alto. Le retumbaban los oídos. La gente hervía a su alrededor, todos bailaban. Agotados, pero no rendidos. Algunos bebían de sus botellas, otros hacían una pausa antes de volver a empezar. Pero ella no podía. No sabía evadirse, dejarse llevar. Le costaba mucho. Parecía que todo aquello no fuera con ella. Un peón más, una mera espectadora en una absurda fantasía, un sueño que sólo duraba nada más que unas horas. ¿Por qué no podía ser como los demás?

Siempre intentaba ser lo más perfecta posible y no pensaba en sí misma. Entonces vio a un chico de reojo. Era más mayor que el resto. Pelo corto y negro, barba incipiente, alto y robusto. Se movía por el local silenciosamente, observando, como un depredador que acecha a su presa. Hasta ue apareció la chica.
 
- ¡Ey! Tú eres Frank, ¿no?
- Puede que sí.
- ¿Te queda algo?
- La despensa de Frank nunca está vacía.
- ¿Cuánto quieres?
- 20
- ¡Coño! ¿No eran 15?
- A ver, ¿quieres algo bueno o sólo una aspirina?

La chica sacó el dinero del bolsillo de sus pantalones amarillos, chillones y ceñidos a su cuerpo. No parecía que cupiera nada más de lo ajustados que los llevaba. Frank la miró. Diecisiete, puede que dieciocho. Aunque, con lo bien maquilladas que están las adolescentes, puede que tuviera unos quince. Era bastante atractiva.
 
- Con esto tendrás para aguantar 24 horas seguidas. No hace falta que te tomes tres de golpe.
 
Aina vio cómo Frank le entregaba una pastilla pequeña y azul, del tamaño de una semilla. La chica la cogió y él recibió el dinero. No hablaron más. Se alejó y se puso la pastilla en la boca antes de regresar con sus amigos. Esa pastilla era justo lo que necesitaba. Lo que la ayudaría a pasárselo bien aunque sólo fuera por una noche. Se acercó al chico, no sin antes asegurarse de que todavía llevaba los treinta euros que había ahorrado de la paga semanal.

- Hola.
- ¿Qué quieres?
- Lo más fuerte que tengas.
- Si quieres algo fuerte, tengo éxtasis del bueno. Son 30.
- ¡Joder, cuánta pasta!
- ¿La quieres o no?

Aina le tendió todo el dinero que llevaba encima a cambio de una pastilla con el dibujo de una estrella de ocho puntas en la superficie, blanca y brillante.

- Un placer hacer negocios contigo.

Frank se fue con una sonrisa burlona en la cara, y Aina se quedó allí plantada con la pastilla en la palma de la mano. Sin pensárselo dos veces, se la metió en la boca y se fue hacia el centro de la pista. Esperó. Dos, tres minutos. Ningún efecto. Cuatro, cinco. ¿Frank la había timado? La sangre le hirvió en las venas. No había servido para nada. Entonces se percató de que sin darse cuenta había empezado a moverse y a bailar con la gente, llena de energía. Su mente se difuminó, sus pensamientos se disiparon. Reía. Gritaba. Por un instante podía ser ella misma, sin importarle lo que los otros pensaran. Por un instante pareció que no era invisible. Las horas se le hicieron minutos. Estaba eufórica. Siguió bailando, la cabeza le daba vueltas, todo giraba a su alrededor. El tiempo pasaba cada vez más rápido. Aina volvió a salir fuera. Necesitaba coger aire, fuerzas. Empezó a sentir náuseas y un dolor de cabeza terrible. Cerró los ojos, y al abrirlos se encontró con el rostro preocupado de Marta.
 
- ¿Dónde estabas? Te he buscado por todas partes. ¿Te encuentras bien?
Me encuentro genial. Sólo es un dolor de cabeza.
- Aina, ¿me oyes?
¿Marta, qué dices? No te oigo, habla más alto.
- Tienes mala cara. Voy a acompañarte a casa, ¿vale? ¿Me estás escuchando?¿Aina? ¡¡AINA!!

Aina sintió cómo su cuerpo se estrellaba contra el suelo en el que una vez estuvo. Intentó gritar, pero no le salían las palabras. Intentó moverse, pero estaba aprisionada en una cárcel de la que no podría salir jamás. Pensó en su madre, que creía que estaba durmiendo en casa de su mejor amiga. Pensó en su hermana, a la que quería más que nada en el mundo. Pensó en las horas que había pasado en la discoteca. Y entonces supo que nada de eso había sido real. Miró a Marta por última vez. Luego sólo vio oscuridad.

Abril 2018

 Institut Juan Manuel Zafra

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