Historias entre lienzos

painter studio
Per Elena Civit, 2n BTX
Concurs literari: 1r premi prosa

La luz de los rayos del sol se reflejaba en los rojizos azulejos de la cúpula de una catedral renacentista. Eran las doce del mediodía y las terrazas de las cafeterías se llenaban de conversaciones y temas tan variados que oscilaban entre viajes soñados y críticas hacia otras personas consideradas vulgares, con personalidades aisladas y de costumbres inusuales. Entretanto, otros observaban el resplandor del brillante e impoluto mármol de los muros, con sus giros, hendiduras y volúmenes que conformaban las columnas y el resto de ornamentación floral y bíblica.

Unos ojos castaños escudriñaban la arquitectura y lamiéndose los restos de la madalena de las comisuras de su boca, Don Jaime se preguntaba, desde la terraza de un café de aire vintage, las peripecias del posible artífice de dicha majestuosa catedral renacentista. Siempre había sido un aficionado del arte, sobre todo de su estudio y de cómo los artistas podían crear mediante un lienzo y un pincel, un bloque de mármol y un martillo, o a través de unas estructuras premeditadas, preciosas piezas únicas.

El interés por la historia del arte lo heredó de su madre. Adelaida era una mujer muy hermosa y siempre se recogía el pelo en un moño formado por dos trenzas. De pequeño tenía la manía de entrar en la habitación donde ella pintaba. La sala estaba llena de lienzos expuestos por el suelo y apoyados por las paredes, que a su vez estaban todas repletas de bocetos y garabatos a lápiz que ella iba enganchando.
Su madre solía explicarle historias que inventaba mientras trazaba un sinfín de líneas y figuras con su pincel y con suaves giros de muñeca para formar paisajes, desnudos, bailes, aves volando, ninfas con coronas de flores, etc. Cuando la musa no estaba de su parte a la hora de relatar historias le explicaba alguna anécdota de algún artista como Miguel Ángel.

- ¿Sabes qué? – decía de repente para captar su atención de niño de 7 años - Miguel Ángel solía decir que él no creaba las esculturas a su antojo, más bien extraía la figura que ya estaba en el interior del bloque de piedra.
- Pero no lo entiendo, ¿cómo sabía que figura había dentro? – Preguntaba Jaime extrañado.
- Quizá por la forma que tendría la piedra, quizá por lo que le transmitía el material, o puede que en su mente ya la visualizase. – Respondía su madre.
- Entonces, ¿Sería como cuando tú pintas? – Comentaba él observándola.
- Podría decirse, yo miro el lienzo e intento escuchar qué me dice para pintarlo. Sus telas tienen una historia y si estás muy atento puedes oírlas.

Cuando mencionaba la palabra “historia” significaba que el relato de ese día estaba a punto de empezar. Entonces automáticamente Jaime se levantaba y se dirigía corriendo a su habitación a coger un cojín y así apoyarlo en el suelo para luego estirarse él encima. Adelaida siempre le esperaba riendo por el entusiasmo que mostraba su hijo y cuando veía que ya se había colocado empezaba su cuento:

- Por ejemplo, si estás en silencio, podrás escuchar la historia detrás de este lienzo. Está hecho de lino y concretamente lo hizo… ¿una niña? – Acercaba su oreja al lienzo cerrando los ojos, simulando que lo escuchaba – sí, una niña muy bonita, estaba ayudando a su madre a tejer varias telas como ésta. Eran pobres, pero iban tirando con lo que podían. Su padre era carpintero… sí, sí que lo era y por Navidad le hacía con restos de madera figuras de la gente del pueblo. Ese año le había regalado la figura del panadero y le explicaba como éste con sus gruesas manos hacía panecillos y bollos de todas las formas: los amasaba y los introducía en el horno, desprendiéndose así todo el olor por las calles de alrededor, un olor cálido que te envolvía y atraía a todos los clientes a su panadería para comprar los panecillos recién horneados: «¿Qué desea usted?», preguntaba el panadero al cliente con el bigote lleno de harina, «Tres panecillos por favor» respondía y él añadía «Está de suerte acaban de salir del horno, están recién hechos». – Siempre que Adelaida empezaba un diálogo entre sus personajes los doblaba con voces distintas y colocaba un dedo entre su boca y la nariz simulando que era el bigote del panadero – Entonces el padre cuando terminó de explicarle se dirigió a la cocina y trajo consigo un panecillo de esos que le había hablado para que su hija lo probara.

«Mamá era muy buena» se decía Don Jaime para sus adentros mientras observaba la catedral. «Si ahora estuviese aquí me explicaría algo de la catedral e inventaría alguna historia sobre ella, seguramente de dos enamorados» pensaba con cierta nostalgia y con una sonrisa dibujada en su cara. Continuó observando la pulidez del mármol de las esculturas que decoraban los muros mientras terminaba su café y de repente el aire le transportó el cálido y envolvente olor de pan recién hecho de una tienda de la esquina y los recuerdos que guardaba de su madre se hicieron más intensos. Pagó la cuenta al camarero de la terraza del café y se dirigió a la panadería de la cual emanaba ese entrañable olor. Entró y al girarse el panadero para preguntarle qué deseaba, observó que éste tenía el bigote lleno de harina y estaba amasando con sus gruesas manos la masa del pan y a su alrededor había todo de cestas decoradas con cintas y llenas de bollos y panecillos de diferentes formas, tal y como su madre le había narrado en su historia cuando era niño.

Maig 2017

 Institut Juan Manuel Zafra

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